lunes, 13 de noviembre de 2017

El porqué del masoquismo cornudo

Texto escrito por Sacher Masoch sobre una experiencia en la infancia que lo marcó para siempre.

Ya de muy pequeño tenía yo una marcada preferencia por el género cruel, que se acompañaba de misteriosas agitaciones y de voluptuosidad; y sin embargo, mi alma rebosaba de piedad, no habría matado a una mosca. Sentado en un rincón oscuro y retirado de la casa de mi tía abuela, devoraba las leyendas de los santos, y la lectura de los tormentos padecidos por los mártires me sumergía en un estado febril...

A los diez años, tenía ya un ideal. Languidecía por una parienta lejana de mi padre —llamémosla condesa Zenobia—, la más bella y al mismo tiempo más galante de todas las mujeres de la región. Fue una tarde de domingo. No la olvidaré jamás. Había venido a visitar a los hijos de mi bella tía —como la llamábamos— para jugar con ellos. Estábamos solos con la criada. De golpe entró la condesa, orgullosa y altiva, envuelta en su gran pelliza de marta cebellina, nos saludó y me besó, cosa que me transportaba siempre a los cielos; luego exclamó: «Ven, Leopoldo, ayúdame a quitarme la pelliza».

No tuvo que repetírmelo. La seguí al dormitorio, le quité las pesadas pieles, que sostuve con esfuerzo, y la ayudé a ponerse su magnífica chaqueta de terciopelo verde guarnecida de petigrís, que llevaba siempre en casa. Luego me arrodillé ante ella para calzarle sus pantuflas bordadas en oro. Al sentir agitarse sus piececillos bajo mi mano, le di, extraviado, un ardiente beso. Al principio mi tía me miró con sorpresa; luego se echó a reír al tiempo que me daba un ligero puntapié.

Mientras ella preparaba la cena, nos pusimos a jugar al escondite y, guiado por quien sabe qué demonio, fui a esconderme en el dormitorio de mi tía tras un perchero guarnecido de vestidos y capas. En ese momento oí la campanilla y pocos minutos después mi tía entró en la habitación seguida de un agraciado joven. Luego ella empujó la puerta sin cerrarla con llave y atrajo a su amigo junto a sí. Yo no entendía lo que decían y menos aún lo que hacían; pero sentí palpitar con fuerza mi corazón pues tenía cabal conciencia de la situación en que me hallaba: si me descubrían, iban a tomarme por un espía.

Dominado por este pensamiento que me causaba una angustia mortal, cerré los ojos y me tapélos oídos. Un estornudo que me costó mucho refrenar estuvo a punto de delatarme cuando, de pronto, se abrió violentamente la puerta dando paso al marido de mi tía, quien se precipitó en la habitación acompañado de dos amigos. Su cara era de color púrpura y sus ojos lanzaban relámpagos. Pero en un instante de duda en que se preguntó seguramente a cuál de los dos amantes golpearía primero, Zenobia se le adelantó. Sin soltar palabra, se levantó de un salto, corrió hacia su marido y le lanzó un vigoroso puñetazo en la cara. El trastabilló. Lasangre le corría desde la nariz y la boca. Aun así, mi tía no parecía estar satisfecha.

Tomó su fusta y, blandiéndola, señaló la puerta a mi tío y a sus amigos. Todos, al mismo tiempo, aprovecharon para desaparecer, y el joven adorador no fue el último en zafarse. En ese instante el desdichado perchero cayó al suelo y toda la furia de la señora Zenobia se volcó sobre mí. «¡Qué es esto! ¿Así que estabas escondido? ¡Toma, ya te enseñaré yo a espiar!». En vano intenté explicar mi presencia y justificarme: en un abrir y cerrar de ojos, me tuvo ella tendido sobre la alfombra; luego, sosteniéndome de los cabellos con la mano izquierda y aplicándome una rodilla sobre los hombros, se puso a darme vigorosos latigazos.

Yo apretaba los dientes con todas mis fuerzas; pese a todo, las lágrimas ascendieron a mis ojos. Pero, bien hay que reconocerlo, mientras me retorcía bajo los crueles golpes de la bella mujer sentía una especie de goce. Sin duda su marido había experimentado más de una vez sensaciones semejantes, pues muy pronto subió a la habitación no como un vengador sino como un humilde esclavo; y fue él quien se echó a las rodillas de la pérfida mujer pidiéndole perdón, mientras esta lo apartaba con el pie. Entonces cerraron la puerta con llave.

Esta vez no tuve vergüenza, no me tapé los oídos y me puse a escuchar con toda atención tras la puerta —tal vez por venganza, tal vez por celos pueriles—, y oí de nuevo el chasquido del látigo que yo mismo acababa de saborear hacía un instante. Este suceso se grabó en mi alma como un hierro candente. En aquel momento no comprendí a aquella mujer envuelta en pieles voluptuosas que traicionaba al marido y luego lo maltrataba, pero odié y amé al mismo tiempo a esa criatura que, con su fuerza y su belleza brutal, parecía creada para apoyar insolentemente su pie sobre la nuca de la humanidad.

Desde entonces, nuevas escenas extrañas, nuevas figuras, ataviadas unas veces con principesco armiño y otras con burguesa pielde conejo o con rústica piel de cordero, me causaron nuevas impresiones, hasta que cierto día vi erigirse ante mí, nítidamente delineado, ese mismo tipo de mujer que se hizo plástica en la heroína de El emisario. Sólo mucho después descubrí el problema que diera nacimiento a la novela La Venus de las pieles.

Conocí primero la afinidad misteriosa entre la crueldad y la voluptuosidad; luego, la enemistad natural delos sexos, ese odio que, vencido durante algún tiempo por el amor, se revela luego con una potencia absolutamente elemental y que de una de las partes hace un martillo y, de la otra, un yunque.

SACHER-MASOCH, «Choses vécues», Revue Bleue, 1888

miércoles, 25 de octubre de 2017

Él es tu hombre; yo soy su puta

Te he visto abrazada a él, cómo te lo comes con la boca, como lo miras con deseo, como te mete mano bajo la falda y tú le abres más las piernas. Es tu macho, según me has explicado muchas veces.

Con él te sientes mujer, te folla como un hombre y te hace sentirte hembra deseada, satisfecha. Lo deseas, siempre lo deseas. Lo llamas, le suplicas que venga a follarte y le dices que no puedes aguantar más sin verlo. Que eres suya.



Y cuando viene te lo llevas a nuestra habitación y te lo follas o dejas que él te folle, mientras yo miro por la puerta entreabierta como te posee y te hace suya. Porque eres suya. Eres su hembra, su mujer y casi su esposa porque él ha tomado el mando de nuestro matrimonio y ocupa mi lugar.


Él es tu hombre desde que un día regresaste a casa y me sorprendiste echado sobre el sofá vestido con tus ropas. Me dijiste que no pensabas divorciarte, que no querías problemas con nuestras familias, pero que a partir de ese momento todo sería diferente. Y lo es. Todo ha cambiado. Ahora soy tu puta y la puta de tu amante, porque él también me disfruta a sus anchas cuando quiere, como quiere y donde quiere.

Lo elegiste a él como amante porque es mi jefe y así, según me dijiste, me sentiría también humillado en el trabajo. Y más puta. Y es verdad. Casi todos los días te llama por teléfono y yo tengo que entrar en su despacho y chuparle la polla mientras habla contigo. Mi sueldo lo ingresa en tu cuenta y a veces tengo que hacer su trabajo mientras él folla contigo en nuestra casa. ÉL  es tu hombre,  tu macho; yo sólo soy tu puta. Y su puta.

jueves, 19 de octubre de 2017

Beso sus huevos para que se llenen para ti

MARTES.- Te veo ahí de pie, acariciando su polla con mimo, con delicadeza, con cuidado para darle todo el placer que sólo tú sabes dar. Tiene una polla preciosa, me habías dicho. Te va a gustar, me habías insistido por teléfono.

Y lo has traído a casa, como siempre haces cuando encuentras un chico que te gusta, que te excita, que te moja el coño. Y ahí estás con él, acriciándole la polla con delicadeza, con mimo. Qieres darle todo el placer y que él te folle con ardor, con pasión. Sé que te gusta mucho proque es más joven que yo, más guapo y está más bueno. Eso me has dicho por teléfono.

Es un tío irresistible. Te va a gustar, me habías aclarado entusiasmada. Y ahora te veo ahí acariciando sus huevos,  apretándoselos con cuidado, con mimo. Lo deseas. Se te nota por el cuidado con el que lo acaricias. Quieres llenar esos huevos de leche con tu caricias para que te llenen  el coño y te inuden de placer y de su leche.
- Acércate, cariño -me has dicho señalando el sueño.

Y lo he hecho como me has indicado: de rodillas. Me he acercado a vosotros y tú me has dicho que quieres que lo excite con besitos en sus hermosos huevos.
 - ¿Te gustan verdad?...Son unos huevos preciosos, unos cojones de macho que tú no tienes, cariño.

Y te he obedecido, como siempre, y he pegado mi boca a sus huevos para darle besistos tiernos y excitarlo. Para que se llenen de leche y luego te llenen a ti y tu coño se desborde.
- Dale las gracias, cariño. Sé un hombre educado con el macho que hace feliz a tu mujer.
- Gracias -le he dicho a tu amante.
-  ¿Sólo gracias?
- Gracias por hacerme cornudo -he balbuceado mientras seguía besando sus huevos para excitarlo y llenárselos de leche.  De tu leche.

Porque luego te ha follado y yo he seguido besando sus huevos y su polla para excitarlo y que te folle mejor. Para ponérsela dura para que tú lo disfrutes. Te amo tanto que eso me parece poco. Muy poco. Y lo sabes.

viernes, 13 de octubre de 2017

Cornudo y humillado en la noche de bodas

Había puesto un anuncio en una web de contactos: "Busco una chica dominante para que me haga muy cornudo, incluida en la noche de bodas". Me respondieron varias chicas, pero tú fuiste la más atrevida, la que lo tenía todo más claro.

Eres extranjera, de un país de Sudamérica y no tenías la nacionalidad por lo que buscabas casarte con un cornudo sumiso para obtenerla. Y también para darte   gusto  porque siempre habías sido muy dominante y caprichosa y te excitaba mucho someter y humillar a un tío. Por eso te dejaban los novios, porque eras muy puta y no podías dejar de ponerles los cuernos a todos.
- Cuando un tío bueno me mira me mojo el coño y no puedo evitarlo: tengo que follármelo.

Eso me dijiste en las conversaciones previas a nuestro compromiso. También me advertiste que tenías un amante fijo, un chulo que te prostituía, pero que tú incluso follabas sin que él lo supiera cuando encontrabas a un tío que te gustaba. Y lo hacías gratis.

También me aclaraste que si aceptaba  jamás follaría contigo porque no querías que yo fuera como tus machos, sino un cornudo sumiso consentido. Y que tu chulo dormiría contigo cuando él quisiera y yo lo haría en la alfombra o en un cuarto de al lado. Pero nunca dormiría en tu cama, aunque estuvieras sola. Jamás, según me aclaraste tajante. "Jamás follarás conmigo ni dormirás en la misma cama", me dijiste para dejármelo muy claro.

Y acepté. Una mujer como tú es lo que llevaba buscando desde joven, pero no la había encontrado porque todas las novias me tomaban por enfermo. Incluso le había propuesto matrimonio a prostitutas pero ninguna quiso aceptar. Me dijeron que sólo lo dejarían por un millonario que las retirara para vivir de maravilla, pero nunca lo harían con un pobre diablo que vivía de un sueldo.

Tú sí aceptaste y nos casamos. Por eso el día de la boda tu chulo nos llevó al juzgado en su coche y nos hizo fotos, mientras  le enseñabas el coño y te excitabas por hacerme cornudo desde el primer día de nuestro matrimonio, desde la misma noche de bodas. Él ya te había follado antes de salir de casa camino del juzgado por lo que ibas a casarte llena de su semen.

Mi sorpresa fue que cuando subimos a la habitación tras la ceremonia, no sólo te follaste a tu chulo, sino que también lo hicisten dos negros amigos de tu amante.  Entre los tres te follaron durante toda nuestra noche de bodas. Según me contó tu chulo, te había alquilado para esa noche a dos negros que querían hacer cornudo a un blanco en su noche de bodas.

Lo más fuerte fue que follaste con ellos sin condón, por lo que no sé si te vas a quedar preñada o no.





domingo, 1 de octubre de 2017

Derechos del marido cornudo (10)

El marido cornudo tiene derecho a que su mujer lo adiestre en la mejor forma de chupar una polla con el fin de que le dé placer al amante de su mujer y pueda follarla mejor. El esposo cornudo tiene derecho a humillarse ante la polla que lo hace cornudo y darle las gracias por ello. Ella podrá adiestrarlo mientras llama a su macho para que así se sienta más humillado y preparado para sus propios cuernos.

El esposo cornudo tiene derecho a que su polla sea comparada con la del macho que lo hace cornudo, con el amante que se folla a su mujer. Si su polla es más pequeña,  tiene derecho a que se le reconozca como pichacorta y se le ponga un cinturón de castidad.






El esposo cornudo también tiene derecho a que se pongan sobre su cinturón de castidad, los condones que haya utilizado el macho que se ha follado a su esposa con el fin de que se le pegue algo de la hombría del amante que lo hace cornudo.

Y el esposo cornudo tiene derecho a ser azotado y abofeteado tras haber sido hecho cornudo, a razón de tantas bofetadas como condones haya usado el macho que se ha follado a su esposa. Podrían ser 10 bofetadas por cada condón que hayan usado.